martes, octubre 17, 2023

Las mañanas de Eleuterio


        Mis mañanas emulan ser todas iguales y ojalá lo fueran. No tiene importancia si me despierto con qué pie o, si los perros me pidieron salir a orinar antes de que amanezca o, si mis hijos se acostaron, o no, con fiebre; sin embargo esta cuestión del azar no tiene que ver con la desigualdad de mis mañanas, esta tiene más que ver con el ánimo del día que tendré por delante; si es lunes, por ejemplo, la mañana agobia desde temprano, es sentir que estoy de pie frente a la montaña de la semana que se yergue delante mío, y creo -sinceramente- que ese comienzo pareciera nunca tener un fin en concreto. Nadie piensa en el viernes cuando empieza la semana, bah… sí se piensa en el viernes, se lo ve como un anhelo inalcanzable y casi imposible; por tanto, uno se dedica a poner dos cucharadas de café (en vez de una) en una taza un poco más grande que las demás e inyectársela directamente en el cerebro para tratar que la cafeína se meta de una en nuestro sistema nervioso central y nos haga sentir que estamos vivos y, cargados de adrenalina siendo que no nos importe el qué y mucho menos el cómo estemos. 


        Los martes son más pesados, en mi caso, entre el tránsito y la necesidad de llegar temprano, la presión del dios de la guerra avanza sobre el día lunar en su última etapa; me recuerda, ya antes de la cena, que existen los estúpidos callenautas que conducen sus vehículos de manera educada, servil y casi anciana. Sin embargo, y a pesar de su continua amenaza, las ocho de la mañana del martes es el momento clave para el resto del día. Depende de la puntualidad de la que Cronos me haya dejado pecar, será cómo es, el resto de mi jornada. Si estoy apresurado corriendo detrás de nada, entonces he llegado tarde por el tránsito funesto y la señora que disfruta de dejar que seiscientos autos se junten tras de sí en una larga caravana.   


        Miércoles y jueves son días puente, la marea de la locura laboral y las interminables horas han quedado atrás como la barca de Moana deja detrás las altas marejadas y a la alta mar se aboca. Quedan tras de mí las más bravías olas laborales y, por lo tanto, puedo despertarme cuando me plazca a pesar de que mis perros, siempre antes del amanecer, me insisten en su necesidad de salir a orinar. 


        Los viernes, son la suma de la pesadilla del lunes y del martes, no me basta con saber que ese día es el preludio al fin de la semana, al descanso, al ocio, a la montonera de trabajos desprolijos y aburridos (en su mayoría) que fueron juntándose durante la semana. El viernes siento que empiezo más temprano que nunca, si bien es la misma hora, tengo toda la semana pensando sobre mi espalda y mis ánimos que si bien son altos, están pesando distintas estrategias para desparramar la energía y que esta me alcance al terminar el día; así tal vez pueda tomar alguna birra mirando como el cielo va perdiendo el color y perderse en un laberinto de estrellas. 


    Las mañanas de los sábados -y del domingo-, no son mañanas, son extensiones de una noche que nunca termina ni que nunca empieza; y que al llegar al lunes, me recuerdan, que la vida no es más que un puñado de arena colgando de un calendario que culmina cuando se paga el alquiler.

jueves, octubre 12, 2023

Sonriendo en la ventana

No me quise meter
en los sin reveses del tal vez,
porque hacerlo implica
no tener vuelta atrás.

No tener vuelta atrás,
es quizás,
quitarse toda alternativa posible
de poder empezar de nuevo.

En el espejo muerto de la razón
mirando hacia un lado entendí
que el reflejo y la realidad eran 
algo más que perspectivas. 

No soñé más,
entendí que soñar de nada sirve 
si el oberol está colgado en el placard 
y el por qué se confunde sin querer
con ese qué inalcanzable
que tiene el dormir
y zozobra al soñar. 

Hoy me vi,
de repente 
y entendí
y acepté
que no existe el para siempre.

  

miércoles, octubre 04, 2023

Andando ando -- Poema

Me han preguntado qué ha pasado 
que tus letras no invaden mi Whatsapp
que ni Instagram ni en Facebook
se replican tus poemas 
como cuando en otras eras
era leer las fotos locas 
y escribir, en el más allá de las retinas, 
un gran signo de pregunta 
que a veces, hasta al más duro corazón, estruja. 

Hoy estoy aquí
en una especie de sincero silencio literario 
veo como caen las hojas del calendario 
y no siento que el viento me empuje
ni que la corriente me expulse.

Vi, en un sin querer, 
que a veces dejar de ser 
nos llena los ojos de vacaciones
y los músculos se preparan distinto para la siesta
y los ojos se acostumbran a la belleza 
de una manera más paciente y dispersa.

No tuvo que ver tu adiós, 
ni tu caricia temprana, 
ni tu vasta sonrisa olvidándose de que yo también existía.
Fui yo, sólo yo, 
que decidí abrir la ventana y mirando hacia el destino
respiré profundo
y sin necesidades.