lunes, agosto 30, 2021

Tiempos de hoy -- Cuento corto

Fue una pequeña niña quien encontró el cadáver. Ella tiene alrededor de cinco años, tal vez seis... es difícil saber la edad en los niños en situación de abandono, que viven en la calle con las caras sucias y todos esos años de tortura, vejaciones, abusos de toda índole y sobre todo, de la tanta ausencia de amor y la violencia presente en cada paso que dan. Todas sus experiencias las llevan sobre sus pequeños hombros y las arrastran con una solemnidad que pasma. Tienen la piel curtida por el desamparo y sus miradas, son tan solitarias, que el tan solo verlas de frente (como el mirar de aquella Gorgona), nos hela la sangre hasta el punto de darnos cuenta que nos hemos vuelto de piedra.

Ella picaba el cadáver con un pedazo de percha rota que alguien había dejado en la basura, entre las bolsas en las que dormía. 

Cuando encontraron a la niña picando al occiso no hubo sobresaltos, es más común de lo que se cree encontrar cuerpos tirados en las calles, abandonados, sin billetera, ni celular, reloj o algunas prendas. Así como de los niños, los solitarios que han sido asesinados, nadie se encarga de ellos, ni a nadie les importa. 

La única diferencia entre ellos es que los muertos corren mejor suerte que los niños. Los niños tienen que seguir viviendo en las sombras de una gran ciudad a la que no le interesa más que sí misma, que solo busca su crecimiento económico y que margina a los sectores menos simpáticos a lugares más escondidos y alejados, como la mugre debajo de la alfombra, esconden con total desparpajo a esa populosa pobreza que afea tanto las calles ante las miradas de un mundo que busca la estética opulenta y casi renacentista de una realidad decadente que oscila entre lo gótico y lo barroco.

El finado ni siquiera era un nuevo número en la estadística ya que nadie lo había denunciado. A simple vista se entendía que había sido golpeado hasta morir. No se sabe con certeza si el móvil fue el dinero, su elección sexual, su no elección de raza, sus creencias religiosas, su mundo mágico, la posesividad de su pareja, su posición social, o si tan solo, fue la bolsa de carne que golpearon por aburrimiento algunos que pasaban por ahí. 

Otro asesinato anónimo en la ciudad, otro ciudadano que moría y que nadie investigaría el por qué, ya que a nadie le importa nadie. 

Tal vez ni siquiera denuncien su desaparición, puesto que, y porque no, era otro individuo solo en un mundo plagado de oscura soledad y disimulada tristeza.

Mientras llegaba la ambulancia y la policía hacía el show de mostrar preocupación ante los medios periodísticos que llegaban y ganaban millones vendiendo Marlboro y Coca Cola mostrando al muerto tirado entre las bolsas, la niña seguía picándolo con la percha. En su rostro no se dibujaba ninguna emoción, sin embargo, en los televisores de todo el país se repetía la imagen de la niña picando al muerto, y Marlboro y Coca Cola auspiciaban el momento. La cantidad de cliques de encendidos que tuvieron los televisores superaron por mucho a los cliques de me gusta o no me gusta en las distintas redes sociales. Los memes comenzaron a correr como la sangre que caía hacia la alcantarilla. 

Durante unas horas no se habló más que del muerto, de su traslado a la morgue, de qué barbaridad esto, de por qué los policías lo otro, que hay que tener políticas más duras contra la violencia de género, que este era un crimen de odio, que el gobierno no se hace cargo de nada, que los inmigrantes generan este tipo de situaciones, que las drogas son la causa de la depravación de nuestra sociedad y a eso de las veintiún horas, Antonucci metió un golazo de media cancha y salieron campeones. 

La ciudad se sumió en una fiesta de despilfarro maleducado, hubo ebrios, muertos y heridos por doquier, y por supuesto, olvido. En el centro de la plaza del barrio donde Antonucci creció, apareció una estatua de bronce de su figura en tamaño real pateando una pelota.

La niña durmió esa noche entre los griteríos y festejos de un pueblo onanista que solo encuentra el placer en su propio ego. Ella sonreía entre sus sueños abrazada al pedazo de percha que la mantuvo a la distancia precisa y segura de aquel abusador, que no la cogería más por las noches, en la oscuridad, con la complicidad de una ciudad a la que no le importa la vida de nadie. 

Esta noche podría dormir feliz, abrazada a su percha salvadora, abrazada a esa ilusión que todos tenemos, de que aunque todo sea una mierda, las cosas pueden mejorar.

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