No me pregunten donde, pues al no tener ni voz ni voto, prefiero olvidar
los nombres que recuerdo e inventar los lugares en los que no he estado, con
tal de que nadie se espante de su propio poblado.
He recorrido el mundo y he conocido cosas que ni los nacidos y criados
vieron en toda su vida, algunos lo sabían, como una comadre sabe de
inspecciones espaciales; otros lo suponían, como suponen los astronautas los
chismes del barrio.
Lo cierto es que de habladuría en habladuría el que sabe la verdad es
tratado como el loco del pueblo, y nadie lo escucha y el que lo escucha se ríe
de él y de esa capacidad infinita de inventar estupideces…
Los exquisitos otoños de
Labellejolie
Al sur de Lenord se levanta el pequeño poblado otoñal de Labellejolie,
perdido entre montañas bajas llenas de árboles caducifolios y mutantes que se
van coloreando de un verde cualquiera y mediocre, a unos tonos ámbares y rojos
que opacan al mismo fuego. Las casas de troncos con chimeneas de piedras, se
desparraman por caprichosas calles de tierra que no buscan su fin y se
continúan unas con otras para que el otoño nunca acabe. Las humaredas de los
hogares encendidos se mantienen bajas como una neblina mística y otoñal que
juega entre los troncos grises, blancos y negros de los árboles que se van
deshojando de a poco esperando el invierno. El piso se tiñe de atardeceres entre
hojas de Notros, Álamos, Arces, Lengas, Robles y Nogales. Verdes, marrones,
rojos, amarillos, y ocres, se van superponiendo unos con otros formando un
espeso colchón de hojarasca bulliciosa que acompaña al caminante por sus paseos
por el bosque.
Los románticos sin corbata, acaban en el piso con su persona amada
acostados sobre la pinocha fresca, cubriéndose del frío y de las miradas
curiosonas de las ardillas y las aves cantoras, con las hojas delicadas que cayeron
silenciosas como caerán los copos de nieve. Palabras que al oído se susurran:
Caricias de los árboles sobre la tierra fresca, brisa que acaricia al
caminante que busca, el cielo envidioso busca copiar los colores con sus
atardeceres baratos y sin gracia, pide a la luna que se quede más tiempo surcando
el firmamento cosa que la tierra no se vea tan llena de magia y colores.
Siempre el cielo sintió envidia por la tierra, por eso es que arroja sus
furiosos rayos contra el buen suelo prendiéndolo fuego, y envía a sus mastines
furiosos como el viento arrullador obligando y avivando a las llamas de la
discordia para empobrecer sus colores y oscurecer sus posibilidades. Envidioso
cielo vacío de magia, solo son tus atardeceres con nubes una copia barata del
esfuerzo que al bosque le lleva todo un año construir. Y tú, envidiosamente
etéreo y distante, muestras con displicencia y aborreces su belleza. Hasta al
sol, cuando llena de fuego el horizonte y dibuja en las sienes de los hombres
su gota de pasión, lo tapas con alguna nube, no vaya a ser cosa que alguien
adore más al sol más que a ti mismo que estás ahí, las veinticuatro horas del
día. Cómo escenario de segunda clase ante los magníficos protagonistas de la
vida, el sol, la luna y las estrellas. Tan efímero eres que ni siquiera se sabe
qué lugar ocupas.
¿Donde están las estrellas? ¡Están en el cielo! ¿Dónde están las nubes? ¡Están
en el cielo! ¿Dónde están las moscas? ¡Están en el cielo! ¿Dónde está Dios? ¡Dios
también está en el cielo! ¿Dónde está el cielo?... ¿Dónde está el cielo?... ¿El
cielo dónde está? Dónde estás macabra idea llena de envidias y de celos. Escenario
transparente e intangible de los temores más vagos, causal despiadado de credos
infundados, destino y deseo; ¡Dónde estás!
No eres como la tierra gentil y buena que a todos acoge con amor de
madre. Que lo que das devuelve con sutileza y responsabilidad. Contenedora de
vida, cobertora de necesidades, pacífica por fuera y furiosa por dentro. Ella
está aquí, haciendo posible este otoño de hojas cayendo como copos de nieve en
invierno, de este silencio quebrado apenas por el canto de un ave en lo más
alto de un árbol, en su nido, hecho de ramas y palitos que cayeron en la tierra
suave, acolchada por un manto multicolor de hojas que han sacrificado su vida
para dar vida, para teñir el paisaje, para acolchar el cuerpo de esta mujer
amante que no te mira, cielo estúpido, envidioso y malparido, mira mis ojos,
mis ojos otoñales que la miran desde lo profundo del alma…
El camino dejado por los que se aman se va escondiendo bajo los otoñales
colores que se van pintando silenciosos en Labellejolie, no hay caminos
dibujados entre los troncos de los árboles, solo se escucha los cuerpos amantes
bailando sobre la hojarasca, los suspiros de amor, las promesas del por
siempre, las palabras entrecortadas por los besos ensalivados envueltos en la
sinrazón de la que el corazón es dueño.
Quien se enamora en el otoño de Labellejolie, desconoce que camino hizo
para llegar allí, pues al darse vuelta y tratar de encontrar la senda que
dejaron sus pasos caminantes marcada al andar, solo encuentra un cúmulo de
hojas secas que parecen que están allí de hace miles y miles de años.
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