sábado, mayo 20, 2006

Lata -- Cuento

LATA
Aquel está de gris, usa corbata italiana de seda y un zapato en cada pie... por suerte. Antes de llegar a su cashba pasó por el mercado de menudencias y compró una lata, habló y alabó al despensero y aún más a su hija, no a la de él, Aquel no tenía hijas; ni hijos, ni mujer, ni amante. Aquel compraba sólo latas y más latas, siempre del primero al cinco de cada mes... y no era que compraba esas latas que uno no ve a menudo, esas latas a Aquel le desagradaban. Una vez un despensero de otra tienda le ofreció, a raíz de una conversación latosa en la que habían incurrido, una lata de Cajares marroquíes de las que se habían fabricado algo menos de cien mil, Aquel se la tiró por la cabeza diciéndole que se la metiera en un lugar donde la luz falte y la humedad sea suficiente.
Aquel compraba latas de cerveza, de tomate, de arvejas, porotos, galletitas, papas fritas, y todo ese tipo de cosas que por separado no tienen tanta importancia como todas juntas en guiso.
Al llegar Aquel a su casa abrió una de las alacenas y una pared de latas se ocultaba tras la puerta, sonrió viéndolas, pensó: cuatro mil ciento noventa y tres. Se aproximó a la mesa del comedor donde y sobre ella, había dejado su portafolio con la nueva lata dentro. Abrió con poco cuidado aquel enfermo maletín que lo obligaba a irse a trabajar día tras día, un mar desesperado de papeles, biromes y boludeces salían de adentro hacia afuera y algunas puteadas de Aquel escapaban por lo bajo y por lo alto, y las otras, las que no escapaban, salían enverdecidas de ira como para cagarse bien a trompada limpia contra el primero que apareciese delante de Aquel.
-Dónde carajo está mi lata!- gritó en histeria tomando su cabeza iracunda, irritado, pataleaba al suelo que no tenía la culpa de nada e igual ligaba flor de zurra.
Aquel salió corriendo hacia el pasado acordándose de la placita donde siempre se detiene para pisar una a una todas las baldosas de los caminos internos, las intrarúas de la plaza, después de pisar cada baldosa de cada intrarúa, se aparecía y desaparecía de las ligustrinas y los oleums, subía a los troncos de palo borracho y bajaba al rato. El porque de la plaza... porque la plaza le encantaba, le hacía recordar cuando niño y la placita de su pueblo donde por primera vez tuvo novia, consiguió trabajo, aprendió sobre la vida más que en la facultad, que en un café. Por eso ahora daba vueltas enderredor de la placita redonda farfullando en voz baja: ..."Lata, lata, lata, lata, lata...”
Y pateaba piedritas y daba vueltas por en y a toda la plaza, buscaba, llegó la sed quien le hizo ya no hablar y sólo buscar, no había más en su mirada que la búsqueda del objetivo, los ojos abiertos con mirada hueca querían enjuagar con lágrimas la sangre que los invadía a modo de telaraña.
Aquel daba vueltas y la noche llegó. Este comenzó a buscar detrás de Aquel que buscaba sin pensar que Aquel hubo olvidado recordar que su fin de estar buscando era encontrar, encontrar la lata. Sabía que algo aparecería y le diría soy yo aquello que buscas... Este que había llegado hace un rato lo seguía en silencio, detrás de Aquel que buscaba y pateaba piedritas y miraba y buscaba y buscaba y miraba.
Llegó El y los vio, los vio como cazaban con sus ojos, como furtivos buscaban, con qué pasión buscaban algo para no encontrar, El se sumó a Este y a su vez a Aquel que creía que lo que se empieza se termina, sea cuando sea, termine donde termine, no importan las consecuencias, aunque y claro, la obsesión hace de uno un cabeza dura... en sí, Aquel que olvida su principal objetivo, en vano recorre el camino corrido.
Otro llegó en tanto avanzaba la noche sobre un cielo que de a poco iba aclarando sus dudas, y llegaban más de ellos, de los nuestros, de éstos, de esos, y otros aquellos que se iban sumando a Aquel que buscaba. Claro que ni ellos, ni estos, ni otros, ni todos, ni nadie, sabía realmente qué era lo que Aquel no encontraba, cada quien algo encontraba, pero lo de Aquel parecía ser mejor que cualquier cosa encontrada, por algo era que seguían y seguían dando vueltas. Necesitaban encontrar que encontraba, para ser... tenían su hueco, el hueco grande del alma que no deja confiar ni creer... fe le llaman algunos, la guita que siempre falta pensaron ellos, el amor que buscaban nosotros y las ilusiones para estos... unos y otros arriesgados se buscaban en sí mismos y vosotros que buscaban utopías, dioses y libertades de papel celofán; mientras claro, que Aquel seguía con su menester tal vez sin darse cuenta de nada de lo que tras suyo pasaba, dando vueltas en caravana dirigiéndola, y la caravana se hacía más populosa por lo tanto extensa, crecía homogénea, se hacía masa. Cada vez eran más y más que buscaban detrás de cada baldosa, detrás de cada ligustro, sobre cada hamaca que adormece sueños, sobre cada tobogán levantándolos al cielo y rompiéndoles el culo al llegar al suelo, la tierra duele cuando uno se topa contra ella.
Los hombres seguían dando vueltas y vueltas por la plaza, diez mil quinientas siete almas buscando todo, daban las vueltas como espiral sin centro, girando como rueda que no ruda, solo idónea, no revienta, con ruedas de luces con explosiones, con camiones que se sumaban a la búsqueda de lo no encontrado ni ahora ni ayer ni jamás... hay cosas que no deben ser encontradas porque jamás debieron de existir, ni poseer dueño, ni propietario, no... como lata esa de Aquel que estaba perdida para Este y por ende para el resto también, pero no por que tuviere que estarlo, sino simplemente porque la lata era su excusa, aquella excusa de mostrar sus obsesiones al mundo pero en forma de colección natural, como mariposas colgando y pinches en sus alas que ya no vuelan por estar engrilladas, volaban silenciosas ciento cincuenta y nueve un mil dos esperanzas, trescientos camiones, quinientos autos, ciento dos taxis, una moto, tres sillas de ruedas y una gallina clueca; todos, giraban la plaza, todos buscaban eso, eso que haría de las utopías realidades, de los silencios haría cantos, de las lágrimas risa, del dolor haría dios... así buscando y buscando, jamás nadie nunca encontró nada. Claro que después de cinco años y tres millones más de gentes, la plaza fue declarada como la plaza de los pasos sin sentido, por los en derredores... puestos de choripanes, de panchos y algunos bares se comenzaron a levantar en letárgico parto, gente de todo el mundo se aproximó a la plaza a observar el fenómeno de tantas personas dando vueltas mirando el piso demostrando la búsqueda insólita, paupérrima e infructuosa del ser humano, que en sí busca esas latas que el mismo idealiza, las ubica en la realidad desde la fantasía, y busca que te busca utopías como Aquel que, por culpa de la obsesión, olvidó que su objetivo era tener la lata en su colección, que realmente lo importante no era buscar y encontrar esa lata sino simplemente ser... sea disfrutar de su manía coleccionista recolectada, pero porfiado el humano, por fíado se deja, y casi nunca cumple sus sueños y menos aún se realiza.
Aquel murió el año pasado de una pulmonía, y de los millones de personas que daban vueltas alrededor de la plaza quedan hoy muy pocos, de millones que supimos quedan solos cientos de miles... pero los que quedan siguen buscando algo que encontrar. Obviamente algunos con encontrar tonteras o banalidades se conforman y se van lo más campante, claro que también están los otros que pareciere ser que el paso del tiempo les encareció las no necesidades, y buscar es menester y menester es necesidad y necesidad es buscar. Aquel murió buscando sin encontrar esa lata que jamás fue suya ya que el almacenero, al vendérsela olvidó el ponerla junto a las otras cosas que Aquel había adquirido en aquella tarde de hace tantos años atrás. Aquel nunca lo supo y el almacenero sí, pero para qué decirle, cómo quitarle el único objetivo a alguien que estaba destinado a buscar.

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