y de repente sentí
cómo viajaba en el tiempo.
Recordé las callejas histéricas
las ventanas neuróticas
el sumiso asfalto
el libertario hollín
la tiránica bocina
el sudor de tus pesadillas
y de la mías
a veces perdidas
y otras cercanas
a ese árbol de morera
frente al palacio Pizzurno.
Creer que escuchaba tu nombre
fue recordar tu sonrisa
el brillo en tu mirada
el pelo tras la oreja
y la palabra precisa
con la que erigías imperios
y destruías gladiadores.
Tanto recuerdo me obliga
a repensar el tiempo
y cómo es y por qué será
que cada uno elige
por dónde y cuándo lo transita.
Así que aquí me ves
más de veinticinco años después
pensando en vos
sin más razón
que el haber creído
sea por azar o por destino
que algún cristiano presumido
andaba diciendo tu nombre.
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